Foto Carlos.

Carlos Feilberg

Por la altura del sol serían alrededor de las 11 de la mañana… De un día de verano, precisamente el domingo 28 de diciembre de 1952… Recuerdo las interminables calles interiores del cementerio de la ciudad de La Plata, bordeadas por antiguos árboles de tilo. El cielo y el sol brillaban plenos… A unos cinco metros la familia allí presente charlaba distendidamente, tal vez mi abuela Mamúia, mi abuelo Abó, papá, y sin duda mis hermanas Norma e Isabel, cuatro y cinco años mayores que yo respectivamente… Mis pies delante del montículo de tierra cubierto con palmas y coronas propias de los restos del velorio que ya habían comenzado a secarse… Mi mente absorta en este descomunal acontecimiento… Me preguntaba: “¿Allí debajo está mamá? ¿Cómo puede ser?”. Lo vivía como algo fuera de toda lógica de vida… Miré al resto de los familiares y noté que no advertían lo irracional de este acontecimiento. Lo verdaderamente insólito que estaba sucediendo. Taparon con tierra a mamá. Cinco años y ocho meses no eran suficientes para comprender, pero, sin embargo, tenía absoluta conciencia de enfrentarme a algo fuera de toda lógica mientras mis parientes conversaban y reían. Se había puesto en marcha un motor, una máquina de búsqueda de las razones últimas de vida y muerte.

Así indagué incansablemente. Año tras año. Por momentos la bóveda nocturna estrellada me servía de consuelo e inspiración. Un atardecer, a mis 15 años, sentado en los largos bancos detrás de la estación del ferrocarril de Quilmes, hablaba de forma inspirada con mi primo Mario de 16, cuando de pronto, advertí que unas veinte personas escuchaban silenciosamente mis relatos. Nos fuimos precipitadamente del lugar. En retrospectiva advierto que “algo” había en mí que me impulsaba a indagar y de alguna forma a meditar y a compartir. Leía obsesivamente la Biblia, y libros de filosofía. Recuerdo algunos de ellos: “Jesús el filósofo por excelencia” de Carlos Brandt, “Aprendo Yoga” de André Van Lysebeth, libros de Yogui Ramacharaka y algunos de Carl Gustav Jung, como “Sincronicidad como principio de conexiones acausales”. Mi abuelo Abó, quien tenía la función de ser mi nuevo padre, ya que el mío había sido absorbido por el torbellino de la vida y ahora vivía con María en Quilmes, disponía de paredes repletas de libros. Entre sus muchos títulos, se dice que en su momento se lo reconocía como el mejor profesor de Anatomía, Fisiología e Higiene de la Facultad de Medicina de La Plata. Fue bioquímico, historiador y conferenciante. Presidente y fundador del Instituto Belgraniano de la Provincia de Buenos Aires. Miembro del Notariado y tanto más. Tremendo jugador de ajedrez del que heredé su habilidad. Un genio familiar. Terminado el almuerzo, nos sentábamos solos los dos a tomar un mate cocido en el enorme jardín familiar. De a ratos, él contemplaba absorto el mecerse de los grandes árboles del vecino que se asomaban sobre la pared del fondo. Yo me preguntaba: “¿Qué mirará?”.

Nunca dejé de indagar y de meter mi pie en cuanto pozo pude. Así en 1982 tomé la técnica de Kriya Yoga del maestro Paramahansa Yogananda. También practiqué técnicas de Tai Chi Chuan Terapéutico de Liu Pai Lin, y las 88 formas del Tai Chi Chuan estilo Yang y el Tai Chi Chien (estas dos últimas disciplinas con Mario Guiller). Más tarde estudié Medicina Tradicional China en la Escuela AN MO y me recibí de Terapeuta en Medicina China Tradicional, con diplomas de certificación de la UAI (Universidad Abierta Interamericana). Obtuve además diplomas y certificaciones en Auriculoterapia, Masaje Chino Tui Na, y Experto en Moxibustión y Ventosas. Asimismo, cuento con certificaciones en Biomagnetismo, niveles 1 y 2. Y recientemente realicé cursos de Técnica Estructural de Jordi Puig, niveles 1 (físico) y 2 (emocional). Ya en mi segunda juventud me topé con el Cuarto Camino de Gurdjieff y su profusa literatura. A mi vez, escribí varios ensayos siguiendo el temperamento de mi abuelo, quien llenaba hojas y hojas a pura lapicera de tinta.

A los 16 años contraje tuberculosis. Específicamente pleuresía infecciosa con neumotórax natural (mi pulmón derecho dejó de funcionar). Después de dos años de intensos tratamientos en los que no me fue permitido tomar sol ni hacer gimnasia, mi médico me dijo: “Ya estás curado, podés hacer lo que quieras”. Me anoté en un gimnasio de boxeo, pero luego de ocho meses la violencia me desmoralizó, y comencé a practicar yudo, lo cual continué haciendo durante nueve años participando en torneos nacionales. A los 27 años el yudo había destruido mis tobillos, rodillas y hombros. Mi columna vertebral estaba tan afectada que no podía permanecer sentado sin apoyar mi espalda, y si sostenía entre mis brazos a mi hija Grisel de seis meses de edad estos se dormían con intenso dolor. En ese entonces ella tal vez podría pesar unos 8 kilogramos. Hoy tengo 77 años y ella 48, quizás pese unos 60 kilogramos, y creo que si me lo propongo podría cargarla sobre mis hombros. El milagro se llama “prácticas de yoga”, “prácticas de tai chi chuan terapéutico”. Las huellas del yudo fueron subsanadas por las prácticas psicofísicas armónicas.

Sospecho, con fundamentos, que todo lo que creemos “realidad” es tejido desde una dimensión oculta a nuestra comprensión. Son muchos los acontecimientos que fundieron en crisol mágico mi vida, y aseguro que la de todos nosotros, humanos de la Tierra. Pero en mi caso la “cereza del helado” fueron las clases de yoga que tomé con una persona muy especial, tal vez entrenada por seres extraterrestres. En efecto, trabajé entre los 21 y los 30 años de edad en Proceso Nylon Textil… “¿Qué?… ¿Nylon qué?”… Bue… Explico… Fue en la fábrica Ducilo, en Berazategui, que se extendía 24 hectáreas en el límite entre Berazategui y Quilmes, en la Provincia de Buenos Aires. En esas 24 manzanas había, en el año 1970, cuatro plantas de gran tamaño. Digamos de tres manzanas o más de extensión cada una: Rayón, Nylon Industrial, Nylon Textil y Celofán. Mi trabajo allí, seguramente dictaminado “desde arriba”, era de científico/técnico. Mejora de procesos industriales. Mi puesto era Asistente de Ingeniero de la planta de Nylon Textil, de unas tres cuadras de largo. Vivía pensando y experimentando mejoras de procesos. El grupo técnico incluía 22 ingenieros y 5 operarios, entre ayudantes y asistentes. Compartíamos oficina con otros dos asistentes.

Uno de ellos, mi gran amigo Norberto (“Conejo”, por sus dientes) Bedini, me sorprendió repentinamente un día con este comentario:
— ¿Vos sabés que hay dos locos en Almacenes que dicen tener relación con un ser extraterrestre?… Uno se llama Francisco Pico, y el otro Carlos Woller.
— ¡¿Carlos Woller?! ¡¿Mi amigo “el alemán”?! Es mi amigo, jugamos en el equipo de ajedrez de la fábrica juntos. ¡No puede ser que esté hablando por hablar! Voy a verlo para preguntarle.
Salí de mi planta y caminé cinco cuadras de senderos y jardines hasta llegar a Almacenes.
— ¡¡¡Hola Carlos (Woller)!!!
— ¡¡¡Hola Carlos (yo)!!!
Pregunté entonces como para decir algo:
— ¿Cuándo es el próximo encuentro que tenemos con la fábrica Peugeot?
Muy entusiasmado me respondió:
— Viniste justito… Quiero hablar de algo muy importante con vos. Vamos a tomar un té a la cocina, no quiero que nos interrumpan ni que escuchen lo que quiero contarte.
Ya en la cocina y casi cuchicheando me dijo:
— Este viernes a las 20:00 tenemos una reunión muy especial. Pertenezco a un grupo que se llama “Asociación de Investigaciones Cósmicas” y vamos a tener con nosotros a una persona que está en contacto con seres extraterrestres. Me gustaría que vengas con tu esposa…
— Sí, Carlos, seguramente vamos a poder ir. ¿Dónde es?
— Acá cerca, en Ezpeleta.

Allí conocí a la ASOCIACIÓN DE INVESTIGACIONES CÓSMICAS y a su presidente, Adam Carlos Morales, contactado con alguna civilización extraterrestre. Y doy fe de que algo de eso sucedía a causa de los extraños acontecimientos sobrenaturales que vivencié en esa asociación de unas cinco familias –mujeres, maridos e hijos– durante un año y medio. Podría extenderme en mil detalles sorprendentes. Pero para no abusar del tiempo del lector, diré que allí estuvo la fuente fundamental que me inspiró para dar clases de lo que hoy damos en llamar Yoga Solar – Conocimiento para la Autorrealización.